La Barbería de Maite Arbea

3 de Junio de 2011
Juan Pedro Bator dedica un capítulo de su nuevo libro a la "Familia Arbea"

Paco Bator ha sido un barbero con botica en Pamplona al que su hijo Juan Pedro, periodista y editor, le ha dedicado un libro lleno de ternura y de saber enciclopédico sobre el arte de la tonsura.

En realidad, El hombre que siempre estuvo allí (Saga editorial) son dos libros en uno, estrechamente imbricados. De una parte está la historia del barbero navarro que aprendió el oficio en Huarte para trasladarse a Pamplona, al barrio de la Chantrea primero y después a la calle Olite. De otra, una gran miscelánea sobre la peluquería, empezando por los kuroi atenienses, y sobre la constante presencia de este oficio en prácticamente todos los ámbitos de la vida, ya sea mundana, literaria, cinematográfica, criminal o, naturalmente, musical.

La parte biográfica del barbero Bator (1921) quedaría en una historia muy personal o local si no fuera porque a partir del dato cotidiano aparece un gran fresco sociológico de la España de la posguerra hasta nuestros días. La del obligado pluriempleo (cada día, antes de vestir la bata y empuñar tijeras y peine ya había repartido leche por Huarte); la del primer coche, que en este caso era una furgoneta, cuando la familia ya se había instalado en Pamplona, pero no podía prescindir del reparto lechero. La España donde los trabajadores no se podían permitir unas vacaciones. “Durante 10.000 días consecutivos no habían tenido uno solo libre”, dice de sus padres el autor. Es también la historia del progreso social que permite enviar a los hijos a la universidad.

Leyendo la otra parte del libro que complementa el relato personal, el derroche de información es apabullante. Se aprende que Miguel de Cervantes, Georg Friedrich Händel, el pintor William Turner y el futbolista Stanley Matthews eran hijos de barbero y que también oficiaba con brochas y peine el abuelo del barbudo y melenudo Frank Zappa.

Ópera y zarzuela han hecho de los barberos grandes personajes en su vertiente entre alcahueta y correveidile. Están el Figaro de Il barbiere di Siviglia, de Gioacchino Rossini y el de Giovanni Paisiello, el mozartiano de Le nozze di Figaro, o el de La mujer silenciosa que Richard Strauss compuso con libreto de Stefan Zweig.

Y en plan castizo, El barberillo de Lavapiés, de Francisco Asenjo Barbieri, apellido que casi predestinaba al compositor a emular a Rossini o a Mozart,. Y por si fuera poco, el libreto de esta zarzuela lo escribió el hijo de Mariano José de Larra, el gran periodista que bajo el seudónimo de Fígaro fue azote satírico y ácido de la política y la sociedad española.

Juan Pedro Bator también se detiene en la tradición de los barberos músicos. En Europa eran violinistas, como el padre de Vivaldi. Mientras que en España eran guitarristas y ello venía de antiguo como atestiguan coplas de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, así como el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. Fue una tradición que se prolongó hasta mediado el siglo XX. En su niñez, Camarón de la Isla había recibido clases de un barbero guitarrista.

Y el libro también recoge la historia de otro peluquero de Pamplona, la de Miguel Ángel Arbea, que “se sintió siempre más músico que barbero”. En los años 70 grabó varios discos con villancicos y canciones populares vascas. Después musicó a poetas españoles y en 1991 sacó un CD con textos de Cervantes.

Quiso que su hija Maite se dedicara a la música, al violín en particular, pero hoy, abandonado el instrumento, es ella la que corta y peina en la barbería que fue de su padre. “Si te fijas bien –le dice al autor mientras le afeita— hay cierto parecido en los movimientos de los peluqueros y los violinistas cuando están en plena acción”.

En Estados Unidos, las barberías rurales del sur fueron los primeros santuarios del blues, explica Bator. Y las urbanas de los barrios negros con tribuyeron al nacimiento y desarrollo del jazz.

Al final del libro el autor hace nueve sugerencias para lectores con tiempo libre. Una de ellas es pasar la tarde en casa escuchando Il barbiere di Siviglia y propone una grabación de 1997 con Edita Gruberova y Juan Diego Flórez, dirigidos por Ralf Weikert.

Para los aficionados al fútbol sugiere repasar los partidos de Holanda en el Mundial de 1974. ¿Recuerdan las melenas de Cruyff, Neeskens y demás jugadores de la selección naranja?

La lectura de El hombre que siempre estuvo allí enternece, ilustra y divierte. ¿Qué más se puede pedir para acompañar las vacaciones?

Fuente: Rosa Massagué para "El Periódico"